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Había una vez un hombre que pasó toda su vida buscando una gran joya que, según él, le daría la felicidad. Viajó a muchas ciudades, trabajó sin descanso y gastó todo lo que tenía tratando de encontrarla. Un día, agotado, decidió visitar a un anciano sabio en la montaña.

—Maestro —dijo el hombre—, he oído que usted conoce el secreto para ser feliz. ¿Dónde puedo encontrar la joya que estoy buscando?

El anciano sonrió, tomó una pequeña piedra del suelo y se la entregó.

—Aquí está.

El hombre, decepcionado, respondió:
—Pero esto no vale nada.

El maestro lo miró con calma:
—Exacto. La felicidad no la vas a encontrar cuando tengas más, sino cuando aprendas a ver el valor de lo que ya tienes. La verdadera riqueza está en la mirada, no en la piedra.

Esa simple lección sigue siendo verdad hoy.

Tu felicidad no vendrá de tener más cosas, sino de ser agradecido por lo que ya tienes.

La Biblia lo enseña claramente:
“Estén siempre alegres. Den gracias a Dios en toda situación…”
1 Tesalonicenses 5:16–18 (NTV)

La gratitud no depende de circunstancias perfectas; depende de un corazón que reconoce la fidelidad de Dios incluso en los detalles ordinarios. Cuando eliges agradecer, algo profundo comienza a cambiar dentro de ti:

– Lo que parecía poco se vuelve suficiente.
– Lo que dabas por sentado se vuelve precioso.
– Lo que te faltaba deja de gobernar tu paz.

La felicidad no llega cuando obtienes algo nuevo; llega cuando tus ojos se abren para ver lo que Dios ya ha puesto a tu alrededor: el hogar que te protege, las personas que te aman, la fuerza para seguir adelante, la provisión diaria que nunca ha faltado.

El corazón agradecido no vive esperando algo para estar bien.
Ya está bien, porque ya tiene a Dios.

Oración:
Señor, abre mis ojos para reconocer tus bendiciones. Reordena mis deseos, sana mi corazón de la comparación y enséñame a disfrutar lo que ya has puesto en mis manos. Haz de la gratitud mi manera de vivir. Amén.

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