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Hay algo en el corazón humano que desea ser visto… y al mismo tiempo teme ser totalmente conocido. Queremos que alguien note lo que llevamos dentro —ese peso que nadie más percibe, esa oración que nunca dijimos en voz alta— pero abrir nuestra vulnerabilidad nos intimida. En medio de esa tensión, 1 Pedro 3:12 nos ofrece una verdad que sostiene: “Los ojos del Señor están sobre los que hacen lo bueno, y sus oídos están abiertos a sus oraciones; pero el Señor da la espalda a los que hacen lo malo.”

La Escritura no presenta a un Dios indiferente. Presenta a un Padre que mira de cerca, que presta atención, que sostiene con Su mirada. Él ve lo que otros pasan por alto. Ve tus luchas internas, tus pasos fieles, tus lágrimas que nunca llegaron al piso. Pero este mismo versículo nos recuerda algo igualmente verdadero: el pecado voluntario crea distancia. No porque Dios se canse de nosotros, sino porque el corazón que insiste en lo malo termina cerrándose ante Él. Donde antes veíamos Su rostro, ahora solo sentimos Su ausencia. La rebeldía levanta muros; la confesión los derriba.

Esta misma realidad la afirma el salmista:

“Los ojos del Señor están sobre los que hacen lo bueno; sus oídos están atentos a sus gritos de auxilio” (Salmo 34:15).

“El Señor oye a los suyos cuando claman a él; los rescata de todas sus dificultades” (Salmo 34:17).

Dios no solo ve—se involucra.
Dios no solo escucha—responde.
Dios no solo observa—permanece a tu lado.

Cuando la Biblia dice que Él inclina Su oído, pinta la imagen de un Dios que se acerca para escuchar incluso el suspiro que no pudiste convertir en palabras. Él no exige oraciones perfectas; recibe corazones sinceros. No espera discursos elocuentes; responde a la honestidad.

Y cuando nos encontramos lejos, cuando el pecado ha creado sombras y silencios en nuestra alma, Dios no nos deja en ese estado. La confesión abre la puerta que la desobediencia cerró. El arrepentimiento restaura la cercanía perdida. En el momento en que regresamos, Su rostro vuelve a iluminar nuestro camino y Su oído vuelve a recibir nuestras oraciones. Nunca ha sido un Dios que deja de amar; solo un Dios que invita a volver.

El arrepentimiento restaura la cercanía perdida

Quizás hoy tu corazón se siente entre la distancia y el anhelo. Quizás te preguntas si Dios realmente está viendo tu lucha o escuchando tu oración. Este versículo responde con firmeza: Dios fija Sus ojos sobre ti y Dios inclina Su oído hacia ti. Su cuidado no es intermitente. Su atención no fluctúa. Su amor no se retira sin razón. Si hay distancia, Él siempre está listo para acortarla.

La comunión con Dios no empieza cuando estamos fuertes, sino cuando somos sinceros sobre nuestra necesidad. Él mira con compasión, escucha con paciencia y restaura con fidelidad. Donde Dios fija Sus ojos, también derrama Su gracia.

Pregunta final:
¿Hay algo que necesites traer hoy a la luz para volver a disfrutar de Su mirada y Su oído atentos?

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